sábado, 23 de noviembre de 2013

Memorias de un tenoyero. El gofio de millo. Capítulo I

Por: Tino Torón
En el tema“Desde Tenoya a Tamaraceite llegando a San Lorenzo” en el capítulo cuarto menciono el molino de Juan Suárez, siendo una continuación de lo que me despertó escribir hoy sobre el tema del gofio de millo, un tema histórico e interesante por su importancia en una época de necesidades que quiero expresarlo de forma costumbrista, pues hubo usos y costumbres que como vivencias me han despertado el interés de recordarlas y revivirlas en la imaginación y trasladarlas a todos ustedes, de aquellos tiempos que se hacía presente hasta el olor en cualquier rincón, pero en mí, feliz y contento de nacer en el campo, época de esplendor y viveza agrícola en toda las islas, tocándome como Pueblo Tenoya, costumbres iguales que en Tamaraceite y San Lorenzo.
Desde que tuve uso de razón llegué a descubrir lo que era el gofio después de que mi madre me lo daba en biberones, en puré… y como coincidencia “Nací en la calle el Molino-con olor a gofio y millo-hoy solo el nombre- del generoso molino”.

Con este pequeño versículo sigo el camino de la calle que tomó el nombre por existir un molino hidráulico movido por las aguas que venían desde la Villa de Teror de los nacientes y de lluvias por la Acequia Real de la Heredad de Aguas de Tenoya pertenecientes de los repartimientos de tierras y aguas después de la Conquista.
Estas aguas movían las aspas y a su vez éstas, las piedras que molían los granos (una fija y otra móvil). Éste molino lo habían mecanizado adaptándole un motor, a los que se le denominan molinos de fuego.
En tiempos de la guerra, fue trasladado a Vecindario, porque las tropas se habían trasladado a esta zona del sur de la isla y había más demanda, según sus propietarios, los familiares de Manuel Mujica Rivero, quien su padre regentaba el molino en aquel entonces lo trasladó a la calle esquina a Dos de Mayo, estaba frente al surtidor y en el Cruce de Sardina, hoy en ese lugar existe una mercería (estuve investigando en el año 98 para recuperar el motor y otros enseres, llegando tarde, pues hace unos 20 años que no funcionaba y según su hijo Manuel Mujica García lo habían mandado para la chatarra meses antes)
La casa del molino de Tenoya después fue utilizada como vivienda, en aquel tiempo de necesidades, mas tarde fueron quitadas el resto de sus instalaciones, desapareciendo hasta el cubo, hoy convertido en garaje.
Hoy me imagino el susurro de las aguas caer por aquel cubo como si fuera una cascada mezclado con el ruido del crujir triturador de las piedras, dando unos golpes de vez en cuando el molinero a la torva y en el canal de salida del gofio, si se atascaba y cuando terminaba caía todo en el saco, desprendiendo en los alrededores el agradable olor a gofio.
En Tenoya aún se oye el nombre de una de sus dueños llamada Pina Molinera, su hijo Juan Guerra puso un bar conociéndose en su día “El bar de Juan el de Pina Molinera”al morir pasó a su hermana Luciana, a la cual en momentos le añadían el nombre de su madre, cambiando de nombre según sus arrendatarios, hoy bar de Suso.
Los aborígenes canarios molían los granos de forma manual, primeramente machacados, luego entre dos piedras circulares y aplastadas, después de la conquista se instalaron los molinos de sangre movidos por animales, (estos muy pocos) de viento, de agua y mecánicos (por motor) de fuego.
Con este preámbulo inicio el uso y costumbres del gofio aunque pueden ser gofio de trigo, cebada, centeno, hasta de garbanzos de cualquier clase de granos. Este alimento tan importante que nos mató el hambre en otras épocas y en la actualidad se esta imponiendo y recomendando al que se le llamó y se decía, la comida de los pobres y se decía que los excrementos de los pobres no daba olor y los de los ricos sí, al comer otros manjares, sabemos que llegó el momento de mejores posibilidades económicas que éste fue repudiado, oyéndose las expresiones “no come sino gofio” “ ése no tiene ni pa (para) gofio” “yo escapo aunque sea con gofio”, “ contigo con gofio y cebollas” otros: “el gofio para los perros”.

4 comentarios:

Eva María dijo...

Yo me crié también con el olor a millo recién tostado y muchas visitas con mi padre al molino que estaba en La Cuz del Ovejero (ya desaparecido)Nací en la finca de los Henriquez. En la finca se tostaba el millo (recuerdo ver a los hombres removiendo en el tostador para que no se quemara) Era mi padre quien lo llevaba al molino y me llevaba con él,luego otro día iba a recoger el gofio, muchas veces estaba el saco aun caliente y su olor rezumaba por todo el camino. Así que te entiendo Tino, que en tu mente permanezca ese recuerdo del olorcillo a gofio recién hecho, pues para mí es un recuerdo de mi infancia que aun está ahí. Gracias por ese recuerdo.

Tino Torón dijo...

Eva María: En el corto comentario, haces un resumen del artículo y que he intentado revivir en las mentes de aquellos que lo vivieron y que las nuevas generaciones sepan parte de nuestra historia.
Adelanto que este artículo consta de cinco capítulos (aun está plantado el millo) y se que muchos se unirán como Vd.en la labor artesanal de otros tiempos. Te agradezco este comentario por sentir esa humildad y por el trato tan cercano.

Te saluda,

Sergio Naranjo dijo...

Hay que ver cómo muchas personas tienen una opinión negativa del gofio sólo por una cuestión de postín, cuando es un cereal de aporte alimenticio imbatible.
Y esos mismos, llenándose el organismo de conservantes, aromatizantes, estabilizantes... y carísimos de precio.
En fin, este se sigue dando una vuelta por San Isidro regularmente, tanto a buscar el gofio que se come a diario como a llenar la memoria de alegría.

Tino Torón dijo...

Sergio: Ante todo un saludo amigo colaborador. Me haces reflexionar el comentario en la que como sabes en nuestra gastronomía canaria tenemos como referencia que nos idéntica " El sancocho acompañado con el gofio" y de postre el plátano.
Como visitante de tu "Blog de Sergio Naranjo" noto que poco a poco vas engrandeciendo el archivo, de lo cual te felicito.
Hasta otro momento,