martes, 24 de diciembre de 2013

No somos dueños de nuestros bienes sino administradores

Por Luis C García Correa
El lujo a todos los niveles, - entendido como abuso de los bienes -, hace olvidar a Padre Dios y  a todo lo demás, incluido al ser humano.
Todos los bienes, incluso el empleo, deben servir para hacer el bien al prójimo, ganarse el sustento y vida eterna.
No somos dueños de los bienes, solo somos administradores.
No basta con no oprimir con los bienes. El pecado mayor es no tener en cuenta a los demás en sus necesidades. El no considerar su dignidad en cuanta que son personas.
Ese pecado se llama egoísmo, y es consecuencia de la no utilización de los bienes en el bien de los demás, sino en el propio, con exclusión de vecino.
Se peca cuando se conocen las necesidades y se no ayuda, o no se comparte.
Al hablar de la parábola del rico Epulón y del pobre Lázaro, san Agustín dice: “La pobreza no condujo a Lázaro al Cielo, sino su humildad; y las riquezas no impidieron al rico entrar en el eterno descanso, sino su egoísmo y su infidelidad”.
Por favor: ¡Mucho ojo! ¡Nunca tratar a las personas como cosas! Algunos lo hacen, y consideran que las personas no tienen valor. Son objetos sin valor.
No olvidemos nunca que también son bienes: el afecto, la compresión, la amistad, la vecindad, la cordialidad, la educación, cualquier palabra de aliento.
Ahora tenemos el tiempo de merecer. “Es mejor dar que recibir”.
La avaricia suele ser la raíz de muchos males.
Todos, creyentes o no, estamos llamados a ser levadura que transformen las realidades de este mundo, en hechos de santidad. Para ello nos ayudará el desprendimiento.
Los creyentes sabemos que la salvación no está en los medios materiales - por muy importantes que sean -, sino en ordenar la vida siguiendo los deseos de Padre Dios.
La generosidad, nos ayudará a desprendernos de todas esas gabelas que acarrean la desordenada tenencia de dinero y de poder, y disminuirá nuestro egoísmo, el apego a los bienes materiales, permitiéndonos ser solidarios con los necesitados, lo sean de bienes materiales como espirituales.
San Pablo aconsejaba a los primeros cristianos: No os acomodéis a este mundo…
Con el corazón en los bienes materiales es muy difícil ver las necesidades de los demás, y más difícil socorrerlas.
Nadie debe abstraerse ante la ola de materialismo deshonesto, y menos dejarnos atrapar por el sentido rentable de la vida.
No somos dueños, sólo administradores.
Se sea rico o pobre: ¿Usted que hace con sus bienes?

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