jueves, 17 de enero de 2013

Sentiría magua si no dijera un poquito más.

Por: Antonio Domínguez

Las genialidades son muchísimo “más grandes” y por lo mismo exageradas por la propaganda afín, que su intrínseca realidad pesada y medida. Sorprenden a la inmensa mayoría, como los milagros; son orientadas a los conocimientos y los teneres casi siempre; excepción sea hecha del arte formalmente hablando; al que solo podemos aludir por falta de espacio. Lamentablemente la inmensa mayoría de los humanos no serán ni siquiera genios (sabios) y muchísimo menos grandes pensadores. Debemos saber desde ya, que lo que se ha dado en llamar “grandes pensadores” son sólo grandes conocedores y eso se adquiere en gran medida de otros y de extraordinarios esfuerzos de lectura..., a base de continuos arrestos y estudio  de las mismas (casi nada; ¡los resultados que consiguen de ello los grandes hombres!). Es verdad que el pensamiento se desarrolla, pero sólo el del conocimiento, y da más conocimiento y razón. El otro, el especial, el genuino, (cerebro base, reptil o incluso el límbico: cerebro medio; básico en un caso y casi básico en el otro, por consiguiente, es el que establece toda diferencia, de la generalidad chabacana) se tiene más o se tiene menos o prácticamente ninguno, y esto es inamovible porque es de nacimiento, y prevalece siempre igual. Mantendrá la cantidad de fuerza, mucha o poca “que no se haya dejado sisar por la selección natural” a favor de la corteza suprarrenal (neocórtex). Es una lotería. Los grandes pensadores son inéditos, precisamente, porque los grandes pensamientos no son un atributo cualquiera que se pueda demostrar mostrándolo, y aquí no se trata de cambiar el físico por un duende metafísico; se trata de dar enjundia a los rudimentos del cerebro primario que sigue estando ahí con directrices en sí y a sí mismo; al que se ha ninguneado con imposiciones diversas, tantas, que el que se refiera a esa matriz, a ese estar exquisito, a ese marmitón de sopa madre, seguramente se le acusará de hacer cabriolas supletorias para “materializar” el ánima, que parece lo más lógico (porque es metafísica) que esté más allá de todo tipo de conocimiento. Pero no es así. Y también de  no tener valor para negar y abandonar ese concepto radicalmente: no es mi caso. Los grandes pensamientos son inexplicables; los poseen inteligencias concretas, que cuando contemplan a meros esclavos de la ciencia con títulos de genio, de grandes pensadores (cuando lo que son es conocedores) y demás imprecisiones, en su cara no hay risa ni espanto, hay comprensión. A la joven esposa del viejo, celoso extremeño, parecíanle viriles sus amores, por desconocimiento de otros más rígidos. La humanidad se neutraliza en lo mismo. Llama grandes pensadores a algunos de sus hombres (¡es lo que hay!) y ha venido tirando así con lo poquito trasladable a la palabra y a los signos. El hombre (ya se ha dicho) es algo a ser superado; para que sea capaz de exteriorizar al cien por cien su conocimiento desde cualquier estadio, categoría social, cultural, científica y filosófica. ¡Mientras!, habrá que conformarse con lo más aceptable, menos corriente,  menos malo, y a veces con lo muy raro.
Es por lo que digo que el pensamiento genuino discurre casi siempre paralelo al conocimiento; cuando llega a no necesitar del conocimiento, cumple las premisas de la libertad (es lo único que ha sido, es, y será libre en este mundo y también lo más escondido, de ahí su libertad) vive cuando está ilocalizable, pero no en libros ni tratados, sino que lo hace enganchado a la persona que para su buena fortuna le haya podido acoger para pasearle (encerrado) por el mundo, y no acabará ni aún cuando tenga un metro de tierra encima, porque, es universal y toma posesión y posición en todas las culturas, por siempre y para siempre, en muchos de sus individuos. Trátase del “SÍ MISMO”. Llámase así ese soberano oculto, Nietzscheano, que todos llevamos dentro y que pocos llegan a conocer, a pesar de tener que vivir y obedecer conformes, a los dictados leguleyos de tal fantasmagórica corte. ¿Que porqué sé yo estas cosas sin haber calentado jamás asiento en la universidad? Porque –y perdone- me lo dijo el gofio (de millo) cultivado en la raya entre Valleseco y Teror. Concretamente en La Majadilla (Montañeta Vega).