domingo, 14 de abril de 2013

Cuando el todo vale, no vale.

Por: Tomás Galván Montañez

En un contexto de desazón generalizada, de sinsabores y varapalos sorpresa que acechan en las esquinas para dar un zarpazo a quien se presente con cierta integridad y con un escudo de soldado de la coherencia, hablar de valores puede sonar, cuanto menos, inoportuno. La situación de crisis económica, en cuya base se esconde la ausencia o distorsión de aquellos, está siendo –y afirmo convencido- la causa suficiente para que los preceptos y las concepciones previas a la actual coyuntura, se vinieran abajo, arrastrando, sin remedio, a los principios morales que nos edifican como personas.

Asimilar que una buena forma de afrontar una crisis sea emprender camino por sendas hasta el momento desconocidas, no es en absoluto un error. Diría, sin temor a equivocarme, que es un punto a favor y el cual permite madurar, crecer, descubrir, experimentar. El problema radica, precisamente, en el instante en que se sobrepasa la línea de lo correcto y lo inadecuado, cuando la euforia del cambio puede nublar el sentido y surgen, de entre la multitud, pirómanos de la estupidez que gritan su todo vale para el cambio con vomitiva regularidad. Responder a un mal con otro mal es, ahora, bien visto. Solo así se consigue, con rapidez, que valores inamovibles desaparezcan; que se empuje a la ética por el desfiladero del todo vale. 

Entendemos cada vez con mayor asiduidad, que la única forma para lograr el cambio es romper con todo aquello que hasta ahora nos edificaba. Un cambio, en evidencia, mal entendido. Y lo es, sencillamente, porque concebimos con irreverente altanería que la manera idónea para afrontar situaciones de crisis es siendo lo que hasta ahora no éramos, llevar nuestras acciones a extremos vertiginosos que confunden y acaban por frustrarnos, al comprobar, pasado un tiempo, que realmente no hemos llevado a cabo un cambio sino más bien una perreta de niños que ha bastado para perder la orientación. Lo moderno, dicen algunos, es relegar de los valores. “Seremos libres así”, diría algún valiente de la mamandurria –palabro que se ha puesto de moda-.

Esto aparece, desde la humilde opinión de quien escribe, por la deslealtad, la desidia moral y el miedo propagado por expertos de la algarada. Nos hacen creer –y casi lo consiguen- que ser leal al código moral que nos sustenta es contraproducente. El cambio solo se logra dando hachazos desmedidos a las estructuras, dicen por ahí. Y he aquí otro fracaso; lo es, me vuelvo a justificar, porque distorsionamos nuestros principios de base, haciendo esto que realicemos acciones reprobables, amorales y lastimeras en detrimento de todos. Lo comprobamos a cada rato. El uso del ojo por ojo, se estila de nuevo.

Permitir que el cambio necesario que muchos pedimos vaya unido a una distorsión absoluta de valores inherentes a la condición de ciudadanos, de personas, se convierte en el mayor fracaso; que el cambio se conjugue como sinónimo de golpe de estado ético nos condena al horror, al todo vale, al si tú a mí y yo a ti. Por el contrario, llevar a cabo un cambio en consonancia con nuestra razón y corazón, con valores básicos como la lealtad y el honor por banderas, nos erige, en plenitud, como verdaderos campeones del cambio y de la lucha por la conversión que, con valores y objetivos, protagonizamos el verdadero cambio, para el cual no todo vale.

2 comentarios:

A. Santana dijo...

Felicidades por este y todos tus anteriores comentarios. Eres bueno escribiendo y bueno,doy fe de ello, como persona. Te felicito también por tú faceta de presentador,este viernes pasado pudimos muchos ver lo profesional que eres. Animo y siempre adelante.

Sergio Naranjo dijo...

Lo que es escribir, ya se sabe que escribes bien. Pero este es, hasta el momento, tu mejor artículo, y una verdadera referencia en medio de la actual situación.
Sólo personas como tú pueden entender que a la toma de La Bastilla le siguió Robespierre, y que a éste le sobrevino Napoleón.
En España, mientras, Goya pintaba españoles matándose a palos.
Y la Historia siempre se repite.
Felicidades.