martes, 8 de octubre de 2013

¡Cómo me imagino mi muerte y entrada en el cielo!

Mi muerte me la imagino como un momento de enorme placidez, después de haber recibido la Santa Unción y todas las bendiciones que la Iglesia Católica puede dar. Mis hijos y nietos junto a mí, y en lontananza todos mis amigos, conocidos y una buena parte del resto del mundo.
En ese maravilloso marco, en medio estaré dando gracias a Padre Dios por las dichas que me han dado mis cuatro pilares: Dios, la familia, los amigos y la comunidad.
Por: Luis C. García Correa
Así trataré de presentarme en la tan anhelada presencia de Padre Dios (la Santísima Trinidad), la Virgen Santísima, y toda la corte celestial. Pidiendo perdón, con toda humildad y arrepentimiento, por todos los pecados de hecho y omisión que habré cometido.
Entraré en el cielo por la misericordia infinita de Padre Dios, por lo mucho que han rezado por mí, y también por lo que yo he hecho y rezado. Pero no serán suficientes mis posibles méritos. Insisto, será por la misericordia de Padre Dios.
Quisiera poder dar ejemplo, en ese momento, de un ser humano que ha querido ser honesto y participativo. Que ha amado a Padre Dios y a la humanidad con pasión. Y que ha intentado ser consecuente, dando todo lo que tenía y podía al bien de los demás, sin pedir nada a cambio.
Así espero que sea mi muerte y mi entrada en el cielo. Será por una puerta muy pequeña, impulsado y empujado por todos los que me han querido y yo he querido. La Comunión de los Santos, y, sobre todo, la misericordia de Padre Dios.
Insistiré todo lo que haga falta a San Pedro, para que me permita entrar, y llegue a la contemplación de Padre Dios. Que eso es el Cielo. La contemplación de Padre Dios eternamente.
Ya sólo me resta seguir pidiendo que recen por el mundo entero, por mi familia y por mí. Yo hago y seguiré haciendo lo mismo.
Hasta tanto, aquí seguiremos rezando y participando en todo aquello que pueda y deba, haciéndolo con todo mi cariño y mis fuerzas, y, como siempre, a fondo perdido, sin pedir nada a cambio.
Y dando siempre gracias.
Les quiero apasionadamente.
Cuiden la Naturaleza, cuiden la humanidad, y cuídense a sí mismos. Así conseguirán aquí la plena felicidad y la plena libertad. Más allá, después, tendremos el Cielo.
Con todo el cariño, la admiración y la participación de que soy capaz: reitero que sean muy felices y muy libres.
Recemos por nuestra muerte, para que sea la puerta de paso a la eterna contemplación de Padre Dios en el cielo. Y un ejemplo para los que aquí se quedan.
Así me imagino la muerte y la entrada en el cielo.

Y que sólo será, lógicamente, por la misericordia de Padre Dios.

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