domingo, 6 de octubre de 2013

La vida es un viaje con destino a casa

La vida es un viaje con destino a casa. Esto escuché recientemente en una de esas películas que adormecen en las tardes de fin de semana, tan previsibles como poco intrigantes, pero que bien sirven para acurrucar el pensamiento. Lo cierto es que no prestaba atención al transcurso de la cinta hasta que la protagonista pronunció esa frase, y, en mi mente, empecé a desgranar lo que podría estar diciendo. ¿Qué quería decir con destino a casa? ¿Acaso significa no salir de ella? ¿O el regreso como única opción?
Para un niño, el hogar es la fortaleza o el castillo que sirve de protección ante los peligros de fuera; es ese corazón en el que comienza a fluir la sangre y del que germinan los valores esenciales para la vida: el amor, el respeto, la aceptación, el esfuerzo, la ilusión… Un lugar agradable al que regresar tras salir de clases, al finalizar una divertida excursión por el campo cubiertos de tierra mojada o al término de una apasionante tarde entre amigos. La casa siempre espera como lugar de amabilidad, agradecimiento y acogida. Por sí solo, el hogar es una señal de vida.
Pero no siempre somos niños y estamos bañados en arenas movedizas. Por eso, la casa no es en todo momento el destino. De hecho, la casa a la que somos destinados no es un lugar físico; es más bien, un estado. Basta extrapolar las sensaciones que nos proporciona el hogar, como la confianza y la protección, a otros aspectos de la vida para atestiguar si nos sentimos realmente como en casa, es decir, a gusto. Y para ello es preciso conocernos y estar decididos a emprender camino hasta conseguirlo.
La vida es un viaje con destino a nosotros. A encontrarnos. A ser capaces de definir lo que sentimos y por qué lo sentimos. Ser capaces de salir de nosotros. Es una evidencia que la materia física desaparece, una casa puede ser derruida. Pero el alma permanece, progresa y avanza. Perdura. En ella residimos por siempre. Crece y madura. Y el mayor viaje es el de la vida, pues a lo largo de ella superamos dificultades, perfilamos nuestra osadía, erramos y seguimos en la búsqueda de un puerto en el que atracar tras descifrar el código de la plenitud. Solo viajando, saliendo, entrando y saltando sobre los charcos sabremos conocer nuestras limitaciones y puntos fuertes; lo que nos desinfla y aquello que nos insufla aliento. Es necesario ordenar ideas y sentimientos, matizar emociones y trazar senderos, porque el alma es el verdadero refugio, la auténtica fortaleza donde vivimos y de la que depende nuestra existencia. Un alma en guerra, desordenada, débil y maltrecha no es un sitio de amor para compartir. Es por eso que urge afianzarla como un lugar en paz, del que salir y al que regresar. Un sitio que poder mostrar. El éxito reside en hacer de nuestro alma un hogar que atrape con amor para, luego, animar a los demás a hacer el camino.
Y la Casa, la última y primera, estará abierta al final del viaje de la vida.

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