martes, 4 de marzo de 2014

Usted no tiene necesidad de hacer lo que hace.

Por Luis C. García Correa
Esta frase la he oído varias veces, al referirse a que no debería o no tenía necesidad de hacer lo que hago por razón de mi edad y posición económica o social. Debería estar descansado, no haciendo nada o simplemente contemplando.
El ser humano ha nacido para estar activo. La inactividad anula o destruye al ser humano, tanto física como mentalmente.
Coja un brazo sano, póngalo en un cabestrillo durante 4 o 6 semanas, vaya a moverlo, estará anquilosado.
Hay algo aún más importante que la inactividad física, y es la inactividad de la honesta participación, la omisión del deber de participación.
Toda persona sana y con tiempo tiene la obligación, no “devoción” – de trabajar tanto para sí como para los demás. Por supuesto, a fondo perdido, nunca tratar de rentabilizar ese trabajo.
No me refiero ahora a la necesidad evidente de trabajar para sostenerse y sacar adelante a la familia. No debemos tratar de rentabilizar el trabajo por los demás porque - no nos cansaremos de repetirlo - vivimos para servir.
Hay que contrarrestar aquella idea que también he oído a un jubilado: me he ganado el derecho a no hacer nada.
Ni hablar. Nadie tiene derecho a no hacer nada.
Usted se ha ganado el derecho a cobrar una paga, pero no a no hacer nada.
Porque la obligación de seguir sirviendo está incluida en la propia jubilación.
Los mayores tenemos la suerte de tener la experiencia, que es la madre de la ciencia.
Ahora, como mayor, tengo más “valor” tanto personal como socialmente. Tengo la experiencia, que debo poner al servicio de la comunidad. La tengo para usarla, y con la obligación de usarla en bien de los demás.
Siempre - hasta que mis posibilidades me lo permitan - estoy obligado a hacer todo lo que pueda, según nuestro leal saber y entender, por la comunidad. Ello fortalece el alma, nos enriquece, y seremos merecedores de la paga local en esta tierra y después en el cielo.
Quien cumple con su obligación social, de trabajar por los demás sin pedir nada a cambio, se llenará de valores que le impulsarán hacia la santidad. Caminará por el sendero luminoso de bien, y brillaran sus actos, dando la luz a la obscuridad que otros tienen, la luz que necesita el mundo para tener la felicidad para la que hemos nacido.
Para ello le necesitamos a usted activo, honesto y feliz. Y alcanzará “el palmito” del éxito y del reconocimiento y agradecimiento de su comunidad. Para que cuando le llegue la maravillosa hora de la despedida terrenal, se presente ante Padre Dios con las manos llenas, y pueda oír “ven bendito de mi Padre al cielo que te tenía prometido”.
Hasta tanto tendrá el reconocimiento de su comunidad, haciéndolo feliz y libre. Pero no antes. Y podrá seguir haciendo lo que usted hace ahora, pero será con dicha, y recompensa.
La honesta participación es la solución y es nuestro deber y obligación.

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