jueves, 20 de abril de 2017

Adoptada es soberbia

Por Antonio Domínguez
Debo confesar que creía que sería más complicado explicar la idea que hoy me complace comunicar, pero, mientras iba elaborando el borrador y matizando mis argumentos, me di cuenta de que no es un pensamiento tan peregrino, sino nacido de la quietud hogareña dedicada a la observación y al estudio.
Hoy si pretendo enseñar especialmente, y también pretendo que ello se me perdone.

¿Qué es la humildad? La humildad, como concepto, solo aparece ante nuestros ojos cuando tiene que estar presente, y no de forma gratuita; porque no se puede comprar ni vender y, como el ingenio, nace de la propia carne. Tampoco es necesario aclarar que la persona que no es humilde es incapaz de comportarse humildemente, da igual cuánto lo intente. El círculo vicioso es este: ¿quién no es humilde?, quien no se puede comportar humildemente; y ¿quién no se puede comportar humildemente?, quien no es humilde. Y no, el motivo no necesariamente es la soberbia; basta con que sea un individuo pobre en el aspecto psicológico o carente de neuronas. Pero no me andaré por las ramas: lo que yo opino es que la humildad como cualidad no existe, puesto que la idea de carecer de necesidad de elogio y alabanzas debe ser innata.

Desde este punto de vista, la humildad es negativa, puesto que no obtenemos nada a cambio de ser humildes. Cuando eso sucede, cuando se presume de ella, no porque se tiene, sino porque se cree tener, resulta ser un invento de la soberbia, que es positiva porque nos proporciona beneficios. Ergo, en este caso sería una humildad falsa, un invento de la soberbia como siempre. Dicho de otro modo, ni la humillación, ni la modestia, ni la docilidad ni el recato sirven para nada, y ni siquiera es delito de pasota no darse cuenta de esas supuestas cualidades. De igual modo, tampoco de la moderación, la timidez, la vergüenza y la suavidad se puede extraer nada que nos resulte útil. Por otra parte, conceptos como el de la humillación, la llaneza, la obediencia o la sumisión, si bien tampoco son delito, sí que son pecado, pues no observarlos conlleva consecuencias catastróficas para el humillado, el que obedece o el sumiso, por la miopía tirando a ceguera que considera pecado ¡hasta caminar de lado!; ya que no se entienden los conceptos mínimamente, y han preparado (entorpecido) al pueblo entero para que se ría de todo lo que diga quién a ellos les estorba porque les ridiculiza.

En cualquier caso, y volviendo al asunto en cuestión, salta a la vista que la persona que es todo eso es sencilla (sin ser humilde), pero quien presume es la criatura más soberbia de todas; sin ser siquiera sencilla. Porque, en realidad, es altivo y lo esconde; inmodesto, y lo esconde; orgulloso, y lo esconde; altanero, y lo esconde; arrogante, y lo esconde; vanidoso, y lo esconde; endiosado, hinchado y fatuo, y... No, eso no lo puede esconder. Al final, no deja de ser un payaso de feria más, y el mundo rebosa de ellos.

Quizá por todo eso la soberbia sea más real –¡más real!– que la humildad. No lo sé, pero lo que sí sé es que la humildad solo puede nacer de la pobreza, la ignorancia y, en definitiva, de un entorno austero que no podemos controlar y muchísimo menos adoptar. Pretender adoptarla como estilo de vida es la mayor máscara social que existe y la más vil hipocresía de la que puede hacer gala el ser humano. La divina y conocida sentencia bíblica, modificada para la ocasión, explica muy bien de qué manera la soberbia es capaz de engañar a la falsa humildad: «amaos los unos a los otros mientras yo especulo».

No se puede especular con la humildad y las opciones son solo dos: ovejas o dinero. Si quieres dinero, vende el ganado, pero no llores luego porque ya no lo tienes. No obstante, si todo lo que tienes se lo ofreces a los pobres pero no lloras por ello y ni siquiera se lo comentas a nadie, entonces eso que es humidad. ¡Hazlo con alegría, pues, y sin los lloriqueos de la soberbia disfrazada de humildad! Eso sí, ¿cuánta soberbia inconsciente albergas en tu interior como para ser capaz de ignorar que no se puede tener nada que repartir entre los más necesitados si previamente no se ha amasado esa fortuna con soberbia? ¡¡Nadie puede atesorar –robar- con humildad!! El humilde no está para ganar ante el deshonesto; está para perder ante el soberbio.
Mi consejo es que nadie se esfuerce en soportar más de la cuenta a engañadores que se hacen pasar por humildes y mienten cuanto haga falta para salvaguardar su gili locura personal. Al fin y al cabo, para que cualquier concepto sagrado se tambalee en este mundo corrupto y mentiroso, solo hace falta apuntar en una dirección, quizá hacia la ambición, y será entonces cuando el sordo oiga, y la duda y la desconfianza acojonen a los avisados. La humildad no es una cota de mallas ni armadura para aislarse de la miseria del mundo; de la cual cada uno se come la suya sin engaños ni tretas prestidigitadoras (que ni deben caber ni caben).

Para explicar mejor este fenómeno llevado a cabo por personas tocadas del ala y ausentes de razón, recurriré a la psiquiatría, y dejaré de lado solo un instante el tema que nos ocupa –la humildad– para poder hacerlo. ¿Qué dice, pues, el psiquiatra Tobeña en relación con aquellos que se auto complacen repitiendo palabras de enjundia; incluso los desterrados del colegio? Dice lo siguiente: «Un hombre puede nacer bueno o malo, sin tener ello nada que ver con la humildad o la soberbia». Tanto en un caso como en el otro, el malo puede revestirse de humildad y el bueno puede alcanzar la soberbia si se reviste de humildad más allá de la cuenta. Es decir, la humildad de nacimiento, con la cual se es poquita cosa, no está al alcance de buenos o malos, y diría que de nadie. Se ha de nacer humilde, lo que en la mayoría de casos implica nacer en una cueva sin lujos ni ostentaciones; además de unos padres que largan verdad por donde caminan. Así y todo no hay nada asegurado porque se pueden engalanar – los progenitores- de la segadora mala leche, ¡y zas! Ya no habrá humildad y menos, soberbia; porque queda suspendida, absorbida y amoldada a brutalidad, incivilidad, “irracionalidad”; todo ello aunque sea en esporádicos momentos en el tránsito por la vida. De ningún modo además, se llega a la humildad si esta no se ha traído al mundo.

Pero, tal y como he estado diciendo desde el principio, no todo el mundo tiene escrúpulos, vergüenza u honestidad cuando se auto declaran humildes. ¿No presumen de humildad aquellos de las tarjetas Black, por ejemplo, incluyendo el sindicalismo y todos aquellos partidos que rasparon? ¿No presumen de humildad y honestidad todos los políticos que tuvieron cargo en regímenes sátrapas y dictatoriales? ¿No se creen impolutos los chicos que estuvieron cobrando por alcahuetes en las administraciones-corporaciones de Paco Franco?. Y nos dicen a los vencidos improperios, y que no hablemos del pasado (les horroriza el pasado); como si ellos no fueran los que se levantaron contra una democracia ilegalmente; sufragada por las papeletas; de la que hicieron deshechos y destrozaron devastándola, desmantelándola –a la democracia-, dejándola indefensa he hipotecada; sin que parezca que podamos pagar jamás el billón ochocientos mil millones y creciendo intereses como la espuma. ¿No es el maquiavelismo un rasgo de ingenio empleado para aprovecharse de los demás? Ese ingenio usado para falsear, camuflarse, ocultar las propias intenciones y colocar a los demás al servicio de los propios intereses, y todo ello sin que los demás se enteren. ¿Acaso no se encubre todo ello con humildad traicionera y maliciosa, en nombre de locuras de amor apasionadas?
La humildad no la puede enseñar religión alguna, porque es intransferible; no hay reglas válidas para su enseñanza. Por favor déjense de deconstruir los conceptos; derechos a sus intereses, imagen y semejanza. ¡¡¡La humildad no es lo que ustedes quieren hacer creer!!! ¡Piensen aunque sea un poco!; no sean tan autosuficientes. No se es humilde por dar limosna ni por colaborar con asignación a oenegé para que dé de comer a los pobres; porque esas son dádivas para esos, que son negocios de inversión para comprar la santidad y prebendas en el cielo. Jamás podrá una chica de la sociedad ser humilde por dar bocadillos a los humildes; que hasta un gesto de soberbia puede ser –es- todo gesto de lujuria.
Al margen de todo lo dicho y de cualquier consideración, decir al soberbio que sea humilde como de nacimiento: ¡de los de verdad!, o al humilde de nacimiento decirle que sea soberbio –imposible manipular la naturaleza-, es como decir al hombre, no matarás; al fuego, no quemarás; al agua, no mojarás; al tren, no descarrilarás; a la “fogalerienta”, no te tocarás. Así mismo la humildad va, donde está, y la soberbia va sin frenos. Cuando es suplantada por humildad no engaña ni escondiéndose en el centro de la tierra, o en la barriga de una yegua. Es una ingenuidad angelical y de toletes aparentarla con genuflexiones y gestos de la cultura asiática.

Me gustaría concluir con un segundo consejo: no temas a los humildes, pues en todos los casos lo son por necesidad precariedad, inseguridad, limitación, pobreza, insuficiencia, fragilidad; pero, eso sí, ten cuidado con los «humildes», que en la inmensa mayoría de casos serán aquellos cuyas necesidades básicas y no tan básicas estén cubiertas y satisfechas, por lo que no tendrán ningún problema de vivir a todo tren. En resumen, ¡huye de la mentira y no seas totorota! Ya lo decía Espronceda: «Todo es mentira lo que el mundo encierra, / que el niño no conoce por su bien; / entonces la niñez sus ojos cierra, / y un tiempo el maternal cariño / a mí me los cerró también».
Atienda esto, este punto de vista único; que no se ve en internet ninguna síntesis de partida parecida. Están todos inclinándose ante el concepto humildad porque creen en esa mentira que les han alojado desde pequeñitos y, que, en forma de untura se la dan en todo el cuerpo; porque oyeron decir una vez que era buena (la humildad untada) hasta para la falta de dinero.
Ya hoy no es fácil escribir escarranchado a decir lo que a uno le da la gana y mas placer; porque en nuestro municipio, ayuntamiento de San Lorenzo hay miles de personas licenciadas y muchas más diplomadas; bachilleres; maestros de cien materias etc. Antes, sí se podía porque estaba don Félix con sus estudios de practicante. El cura con su teología; y los maestros de escuela Don José Bolaños, don Lorenzo, don Manuel, don Santiago, y el médico. Los demás éramos analfabetos, algunos totales y otros funcionales; estábamos además echando un pulso a la selección natural, con nuestra gran propiedad: las hambres, tuberculosis, tifus; con menos carnes que un telegrama urgente y mas huesos que un saco de níspolas y suma y sigue; gracias al divino alzamiento nacional y a su artífice Pacuco el enano (culpable, también del robo de nuestro municipio). A ese pueblo si se le podía bombardear con lo de la humildad; la amistad; la honestidad; la educación; la cultura; la experiencia (…) para tenerlo subvertido; embelesado, dominado, vejado, oprimido, sometido, subyugado y a la orden. Se lo tragaban todo, pero hoy hay que respetar, no se pueden decir tonterías; de lo contrario, el pueblo de ahora, se reirá de uno a la carcajada sucia.
¿Cómo van a colar las tiranías de la soberbia, con disfraces, máscaras y montajes; como si fueran humildades mansas, pías, y de buena gente? ¡¡a otro hueso con ese perro!!


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