domingo, 3 de marzo de 2013

A modo de Urbi et Orbi. Gracias Benedicto.

Por: Tomás Galván Montañez

Unos minutos separaban a la capital de las once de la mañana. El sol aún no se había levantado de su sueño y parecía que iba a seguir siendo así, pues era fácil prever que no haría más que una tímida presencia en las horas próximas; los rayos de la gran estrella, apagados y sin fuerzas, eran los necesarios para dibujar sobre los adoquines de la plaza de Santa Ana la umbría de la imponente catedral de la isla. El sonido de los vasos de las cafeterías que rodean la zona era la música que marcaba los pasos de quienes paseaban a buen ritmo; el olor a bocadillos y tostadas ponía el aroma para reponer energías. ¡Buenos días!, se escapaba de las bocas rebosantes de educación indómita.
Comenzaban a entrar al templo los primeros fieles, no sin antes contemplar la fachada del mismo y darse un rodeo por una de las zonas más bellas de la ciudad. La afluencia era cada vez mayor. Propios y algún turista se empequeñecían en la medida en que se iban acercando a la Basílica; se perdían conforma atravesaban el atrio. Grupos de turistas observaban asombrados tan bella obra y de tan importante significado.
La Catedral de Las Palmas no era esta vez solo el kilómetro cero de la isla, sino del mundo. Una especie de traslado momentáneo a Roma motivado por la singularidad de esta Eucaristía. Las miradas se dirigían al mismo lugar. Hermoso. Casi un Urbi te Orbi, llegué a escuchar.
Ya en el interior, se comprobaba cómo el buen ritmo que llevaban los fieles, se detenía. Bastaba pisar el suelo de la catedral para que el tiempo se detuviera y el respeto se impusiera. Había de todo; se persignaban unos y se arrodillaban otros. Hubo, además, quien levantaba la cabeza en busca del Sagrario; se acercaba a él, dirigía alguna oración y emprendía la búsqueda de algún asiento en los peligrosamente embarnizados bancos de madera, donde un simple descuido bastaría para resbalar y caer al suelo. La labor de encontrar un hueco no resultaba sencilla si atendemos al corte especial de la celebración que en breve iba a comenzar; aún así, las previsiones ya habían hecho que se dispusieran sillas de plástico en los laterales. ‹‹Hay quienes llevan aquí desde bien temprano››, me comentaba una señora casi susurrando que, al mismo tiempo, decía que había ido a la peluquería a primera hora de la mañana.
La coral de la Catedral preparaba sus cantos; los calentamientos de las voces curtidas, primeramente algo chirriantes, se escuchaban desde cualquier rincón del majestuoso lugar. ‹‹Pásame el Salmo: El Señor es mi pastor››, clamaba una de las coristas a su director, apresurada por tener en su mano la partitura. El vicario de la Diócesis de Canarias, Hipólito Cabrera, corría por uno de los laterales de la Catedral dando señales para que las puertas del templo se abrieran.
A las once en punto, el elegante repique de campanas daba la señal y los presentes se levantaban con disposición para el inicio de la Santa Misa. Una fila andante de sacerdotes de la diócesis precedía al Obispo Francisco Cases. Rostros serios, emocionados y a la vez con esperanza. Acto de acción de gracias por quien ha sido durante casi ocho años el pastor de la Iglesia.
Las lecturas recordaron el inicio de la Iglesia de Cristo, en la Lectura de la Primera Carta del Apóstol San Pedro. ‹‹Sobre esta Piedra edificaré mi Iglesia››, y el Salmo, en voz de un seminarista, recordaba que el Señor es mi pastor. La liturgia de la Palabra ponía de evidencia quién es aquel que conduce la barca aún cuando la tormenta y el viento azotan, es decir, el Hijo de Dios.
Ya en su homilía, el Obispo empezaba por dar gracias al Señor por ‹‹habernos regalado durante este tiempo a un pastor que no ha dejado de guiarnos. Cristo con su amor››, y, además, hacerlo en un camino basado ‹‹en la alegría de saber que no estamos solos y que estamos acompañados en la presencia del Señor. Una Iglesia viva, que ha vivido y ha de vivir como una gran familia ››, apuntaba Monseñor.
Con un discurso menos pausado que el habitual, y conservando la energía que siempre reboza en sus intervenciones, Francisco Cases resaltaba con vehemencia que la alegría del cristiano, esa que tantas veces ha resaltado Benedicto, se basa fundamentalmente en ‹‹la certeza de saber que Dios nos ama››. Con determinación, también se ha referido a las deformaciones de la fe, que la vuelven ‹‹rutinaria, superficial e incoherente›› y que es causa de la crisis de la Iglesia, de la cual hay que extraer reflexiones inmediatas.
‹‹Si no encontramos respuesta para ella, una fe vitalista y una convicción profunda, real, gracias al encuentro con Jesucristo, las demás reformas serán ineficaces››, aseguraba el Obispo, quien, de la misma forma en que lo ha hecho el ya Papa Emérito, ha invitado a que la fe se redescubra con amistad profunda y entusiasmo.
Con énfasis en la crisis y en la ‹‹ausencia de Dios en la vida diaria››, Cases ha sostenido que la aportación de Ratzinger tiene vigencia en la Iglesia y en la sociedad. ‹‹Es preciso hacer que Dios este nuevamente presente en la vida para abrir el acceso a la fe ››, confesaba.
Francisco Cases ha recordado con todo lo anterior, la defensa que en todo momento ha hecho Benedicto de la razón y la fe como complementos. Prueba d ello han sido las múltiples intervenciones en universidades o parlamentos. ‹‹Ello -decía el Obispo- con humildad serena y firme, que hace destacar que uno tiene confianza no en el propio saber sino en la misma verdad que no de impone sino que se propone. Con convicción razonada››.
Finalizaba su homilía resaltando la lección de fe y confianza en el Señor que ha dado Benedicto. ‹‹Se fue de puntillas y con humildad. Gracias, Benedicto ››, concluyó.
La Eucaristía finalizaba con los cantos de la coral. La silla de Pedro está vacante pero afianzada la certeza de que el Espíritu Santo volverá a encomendar la nada fácil labor de conducir a la Iglesia a otro humilde trabajador de la viña del Señor.

1 comentario:

Óscar. M. dijo...

Muy buen artículo! Recoge las emociones internas de un acto lleno de significado.