jueves, 20 de junio de 2013

Consecuencia del hambre que pasó mi abuelo en la Bana

                 
Por: Antonio Domínguez
Respecto de la magnitud exacerbada que se le concede al sexo, que es la vida misma, no me queda más remedio que protestar, porque además de atentar contra la felicidad lo hace también contra la salud física: afecciones prostáticas, menopáusicas y neuróticas… o psíquicas -que siempre es más suave aludir al psiquismo que a la expeditiva neurosis-: las más importantes. Dificulta encuentros y hace imposibles, a veces, las relaciones humanas.
Si nos vamos imaginativamente a los principios de la vida del hombre en la tierra, no es muy difícil creer que en esos climas glaciares de extremo frío, obligatorios de refugiarse y necesarios de moverse en plan nómada en busca de alimento con lo que ello conlleva y obliga, tampoco es muy difícil visualizar grupos pequeños de quince o veinte personas que lo compartieran absolutamente todo. A veces en grandes cuevas, otras en socavones salientes de risco, otras en cuevas más pequeñas, o cubiles de fieras que seguramente se comerían. Después de comer o cenar la mucha o poca comida, no es mucho suponer que se entregarían a la única alegría que, por natural no menos deliciosa tenían aquellos primeros seres. Como es lógico refiérome a la cohabitación indiscriminada con la primera persona del otro sexo que tuvieran al lado. Por solidaridad, (se compartía absolutamente todo) máxime que a cualquier hora tanto una como otro podían disfrutar de cualquiera que le gustara más y fuera más al caso. Los problemas no se habían inventado aún.
     Esto era necesariamente así, la promiscuidad del hombre que es naturalmente inferior a la de la mujer (solo que la matan si la ejerce); lo demuestra la gran capacidad versatilidad y prolijidad de la mujer para estar acompañada, mientras que una sola de ellas, se basta y se sobra para dejar imposibilitado para durante bastantes horas al más preciado. ¡Aquellos sí que eran tiempos de verdadera LIBERTAD de la mujer! Si no tenía ganas de la primera acción que se llevó a cabo en “el paraíso“, no era obligada; las demás en su capacidad antes dicha eran más que suficientes, para satisfacer a los intempestivos repetidores.
             Cuando salía el sol fuerte durante tres o cinco días y sentían consecuentemente todas ellas la ilusión más rigurosa; después de haber agotado a todos los hombres que tenían en común, no es mucho suponer se entregarían en prácticas devenidas de su cerebralidad como seres inteligentes que eran, cosa que me parece además de muy bien, necesaria. No hay hombre que sobre todo, entienda y comprenda a una mujer, como otra mujer. Y como hace muchísimo tiempo que se ha admitido que todo vocablo contribuye al significado de la locución en que se encuentra, - no se escandalice querido/a lector/a por ver empleados algunos (vocablos) que se pueden -pero no lo son- considerar malsonantes visto desde el puritanismo acuñado en la hipocresía de absolutamente toda la escritura dirigida a masas; la cual tiene similitud a la pajada con afrecho ofrecida al animal por todo alimento, físico y espiritual. No se debe perder de vista que la idea aquí concéntrica, en su epicentro, lo que pretende es  irradiar desprecio al puritanismo. Es aviso para los que continúen en mí lectura; para esta ya no llega a tiempo, pero, para otras sí (los que se encuentren con fuerzas suficientes bajo el cabello). Y sobre todo desinhibidos de prejuicios y supersticiones.





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