domingo, 2 de junio de 2013

El Amor, La Soledad. (ANDRÉ COMTE-SPONVILLE. Paidós Contextos, 2001. 200 pp)

Por: Tomás Galván Montañez

Sentirse solos entre tanta gente. ¡Ay, de mí! se habrán repetido en tono de lamento tropeles de urbanitas incomprendidos entre la multitud. Pero esa soledad, según escribe el francés André Comte Sponville, no es nada comparable con ser ermitaños, con estar incomunicados y ajenos al mundo y a sus circunstancias. Es, sin más, un esfuerzo por vivir. Y bien hermoso, narra pletórico. 
Así lo deja ver desde el inicio de su libro El amor la soledad este filósofo de renombre que se ha propuesto, desde la primera edición en 1992, desmitificar la idea de que los ensayos filosóficos son una sarta de pensamientos inteligibles apto para unos pocos. Además, hacer esta osadía con elegancia, con ligereza de pluma y de una forma nada convencional al dejarse entrevistar por tres colegas que le envían preguntas por correo, relacionadas con la filosofía, el amor, la desesperanza o el arte de vivir, y conformar una obra interesante y apetecible para los lectores que miran con cierto pavor y acidez la filosofía. En definitiva, darle a este saber el aire de sorpresa que busca la verdad. Un reto. 
Este francés de 61 años, un estoico influenciado por Montaigne y Spinoza, impregna las casi doscientas páginas de este libro de su esencia antojada enérgica y realista, solitaria y enamorada. Esto se aprecia cuando expone con vehemencia literaria, cual tornado del pensamiento filosófico, que la tarea de caminar por la vida es más sencilla cuando se produce un despojo de las ilusiones, de las falsas esperanzas que solo dilatan el final agónico. La vida se convierte, de ser trazada entre quimeras, en un presente nunca conocido, en una realidad irreal. Incluso, en un circo nada apetecible de novelas rebosantes de frases utópicas y vomitivas.
Su sofisticada sencillez de deslenguado de la filosofía le permite derrumbar la falsa concepción de la soledad como maldición, cuando es el encuentro excelso y genuino con cada uno, pudiéndose pues tomar conciencia de la peculiaridad de la propia persona y acrecentar el afán por existir. 
El amor, como seña de grandeza y debilidad humana, se engrandece al aceptar al otro como tal y no «como un apéndice de mí», en palabras del autor.
Huyendo de verborrea exagerada y a veces ineficaz; con respuestas en ocasiones duras, entre hachazos y sutilezas, puntualmente exprimidas en demasía pero siempre rotundas, aviva la curiosidad y la reflexión. Ello sin cesar en sus intentos de dar la estocada a los lectores con su estilo particular. 
Sponville ha franqueado el camino empedrado que hablaba del ensayo filosófico como tedioso e infumable e, incluso, ha tumbado la muralla que bordeaba la filosofía como un ejercicio absurdo solo apto para pensadores y estudiosos exagerados de la palabra. El autor ha sido capaz de prender la mecha de la curiosidad y de poner al alcance de todos el noble ejercicio de filosofar para vivir, y hacer esto con sencillez. No solo todos podemos ser filósofos sino que ahora podemos leer filosofía. De agradecer.

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