viernes, 7 de junio de 2013

Esencias de una tarde extraordinaria en el Cairasco de Figueroa

Por: Tomás Galván Montañez
Y llegó el día tan esperado. El momento que cierra una etapa y abre, casi al instante, otra. Con pasión. Los alumnos de segundo de bachillerato del Cairasco de Figueroa y sus compañeros del ciclo superior de administración y finanzas, han vivido en la tarde del jueves su ceremonia de graduación.
Arropados por su gente y profesores, el hall del centro era testigo de la vibrante situación que se empezaba a vivir. Expectación. Conversaciones paralelas. Cámaras disparando fotos. Por la escalera principal empezaban a bajar entre aplausos y mariposas en el estómago cuando el reloj marcaba las cinco y media. Una hilera de estudiantes sonrientes, joviales, erguidos y desafiando al vértigo sobre unas plataformas de infarto.

El angosto pasillo estaba taponado por un tropel de familiares que esperaban la llamada para entrar, mientras intentaban no perderse detalle de lo que sucedía. El estrecho gimnasio del instituto, convertido en un sobrio salón de ceremonias, estaba repleto. Los más rápido pudieron coger un asiento en las incómodas sillas de madera, mientras que los rezagados tuvieron que conformarse con estar dentro y poder ver el acto aunque fuera de pie. Los abanicos ponían el ritmo al caluroso ambiente. Las miradas sobrevolaban las cabezas de los más inquietos.
Ana Luisa Angulo, profesora de inglés del centro y coordinadora del evento, daba las indicaciones para empezar la ceremonia escondida tras un atril metalizado. A unos pocos metros, la directora del Cairasco, Cristina Blanco, quien presidía una mesa engalanada junto a los tres tutores, tomaba la palabra. «Cierran una etapa. Abren otra hacia el futuro y sus objetivos. El futuro es de quienes creen en la belleza de sus sueños», parafraseó.
Tras visualizar una presentación en diapositivas con imágenes de cómo eran de pequeños y ver cómo han cambiado –unos más que otros-, llegaba el momento de la entrega de los anuarios. Uno a uno, en presencia de sus respectivos tutores, fueron desfilando por la pegajosa tarima negra los protagonistas de la tarde. Emocionados, tiernamente soberbios, posaban con rodillas temblorosas ante un público entregado. Besos. Aplausos. Más besos.
Las lágrimas no tardaron en brotar. Los primeros en sucumbir a la emoción fueron quizá los profesores. Sus rostros aparentemente imperturbables se bañaron de agua y sal, aunque alguno, ajeno a las miradas de los eternos cotillas, se escondía con sutileza tras unas manos que goteaban algo más que mera formalidad. «¡Son humanos!», llegó a decir uno de los graduados. Luego los padres, soldados de la paciencia, que asistían al fin del principio, es decir, al inicio de otro capítulo en la vida de sus hijos. Y, cómo no, los curiosos, que siempre los hay, también dejaron ver su emoción.
Las sillas hacían música. Crujían y resbalaban, como las espaldas acaloradas. Brillaban las caras. Y los ojos, cuyas miradas se tornaron cristalinas y empañadas cuando los tutores tomaron la palabra. El encargado de romper el hielo fue Antonio Benítez, tutor del segundo de bachillerato científico-tecnológico. Pertrechado en su rigor y loable ironía, les invitó en su enérgica intervención a apostar por tres virtudes siempre necesarias. «Queridos alumnos –decía- sean honorables, sinceros y solidarios. Un beso». Igual de emocionada hablaba la tutora del bachillerato de Humanidades y Ciencias Sociales, Ana Medina, que confesó haber conocido no solo a los alumnos «sino a las personas». Ella, entre el hermoso temblor del papel que sujetaba y el contoneo de las cuerdas vocales, concluía agradeciendo a todos el buen hacer: «Me he sentido muy a gusto», dijo.
A una audiencia algo más adulta, pero tan exultante como el resto, se dirigía Ana Arias, tutora del Ciclo Superior, quien animó a sus alumnos a «hacer cosas grandes siendo ustedes grandes». Además, insistió en la importancia de hacer camino juntos, valorando y compartiendo cada logro.
Los alumnos también tuvieron palabras para la comunidad educativa y para valorar la etapa que ahora cierran. Brenda Salazar confesaba sentirse «parte de la historia del Cairasco» y que, aunque el camino no ha sido sencillo, «estamos orgullosos de estar cerca de nuestros sueños». José Marrero, por su parte, agradecía la ayuda de los profesores, la confianza, la entrega y el cariño. Los alumnos del Ciclo, haciendo uso de la creatividad, formalizaron su «divorcio» con el centro, lo que generó más de una carcajada en la sala.
La tarde marchaba a pleno ritmo. Con una cadencia entrañable, familiar. Emocionante. Así llegó al momento del cierre de la ceremonia. Como no podía ser de otra manera, fue a lo grande. Patricia Navarro y la hermana de una de las alumnas graduadas ofrecieron una canción en directo como broche de oro. Los primeros acordes de «Cuando me vaya», el sencillo de Molocos y Natalia que se ha convertido en la banda sonora de los fines de etapas, terminaron de desatar los corazones, cuyos latidos se rindieron a la belleza de lo eterno. Lo es, sencillamente, porque ya forma parte de la historia de cada uno.
Una cascada de aplausos envolvió el ambiente, el mismo que, en cuestión de segundos, quedó bañado de abrazos y felicitaciones a los graduados. Un caos tan efímero como excelente, tan apasionante como necesario. Se disolvió con rapidez pues en la entrada un cóctel se ofreció a los invitados.
Entre risas y lágrimas, taconeo sublime y nostalgia indómita, los alumnos quisieron sorprender a Ana Luisa Angulo, quien este curso termina, como ellos, un ciclo. Esto es pues, para iniciar otro. La compostura de la profesora se disipó por instantes y no tardó en emocionarse cuando empezó a leer algunas dedicatorias que le habían escrito. Ella, llevándose las manos a los ojos para enjugarse las tímidas lágrimas, les dirigió las que fueron unas palabras cargadas de sentimiento y aprecio. «El mundo es de los valientes; tengan paciencia, miren el futuro con optimismo y sueñen. Les llevaré en mi corazón», dijo entre sollozos.
Por los pasillos se pierde ahora el eco de sus miles de historias: las carcajadas incontroladas, las travesuras solapadas, los nervios antes de un examen. Lo hacen también las miradas inquietas, a veces inoportunas. El ajetreo de bachillerato se retrae con la ternura del paso del tiempo, se pliega hasta agrupar en el corazón los detalles que conforman los grandes relatos por siempre recordados, los mismos que, ante la adversidad, refrescan la memoria e infunden el aliento necesario para continuar. Ya han abierto sus alas; les toca coger carrera y desplegarlas para surcar el cielo que han empezado a dibujar. Un camino que se presente ante la juventud de las huellas y el cual, seguro, acabarán conquistando.

1 comentario:

Pedro Dominguez Herrera dijo...

Tienes cualidades para ser periodista como quieres y escritor porque puedes...