viernes, 1 de marzo de 2013

¿Cuánto valemos?

Por: Luis C. García Correa y Gómez

Se sea creyente o no, nuestro valor es inconmensurable, no se puede contar ni valorar.
Los no creyentes supongo se valoran por ser personas. Los creyentes lo tenemos claro: somos hijos de Dios y hermanos de Jesucristo.
En ambos casos: ¿Existe mayor valor? ¡Más valor, imposible!
¿Nos consideramos como algo de tanto valor?
Si es así, el respeto y la consideración que nos tenemos, - que teníamos que tener -, debería ser, igualmente, inconmensurable.
Entonces: ¿Por qué matamos? ¿Por qué le quitamos la vida a otro ser de valor inconmensurable o le dañamos?
Esto debería ser imposible.
Lo cierto es, por nuestra imponente libertad, se puede matar, y de muchas maneras. Quizá la peor sea el aborto, con el atenuante que una madre, si mata, es algo tan grande que tiene que existir unas causas de perturbación, algo que las sitúe fuera de la realidad.
Lo contrario no lo entiendo.
¿Cuánto valemos? ¿Cuánto valgo?
Somos únicos e irrepetibles. Jamás habrá otro igual.
¿Nos damos cuenta de esa realidad?
La ciencia podrá hacer algo en el futuro, que desconozco. En cuanto al alma, estoy seguro que no habrá otro igual.
El alma es única e irrepetible. Se podrá tener un cuerpo igual, pero no un alma igual. Esto, también, lo creo a pies juntillas.
Se podrá clonar el físico, pero ¿se puede clonar el espíritu?
¿No es algo sumamente maravilloso e imponente?
Sólo vivimos una vida. No creo en la reencarnación.
Respeto, lógicamente, a las creencias de buena fe, como puede ser la reencarnación.
Hoy, ayer y si vivo mañana, son mi realidad. Son nuestras maravillosas realidades, y esos días hacen nuestras vidas.
Todos vivimos por el amor y para el amor.
El amor engrandece, ennoblece y eleva al ser humano a la cumbre del espíritu y de la felicidad.
Dios es amor.
Alegrémonos y demos gracias a Padre Dios por la vida y por lo que vivo.
Se sea creyente o no: vivimos, existimos y nos comunicamos.
Sirva para rentabilizar el valor inconmensurable de la vida, y con ella repartamos la felicidad, - a la que todos estamos llamados a vivir y a compartir -, por ser únicos e irrepetibles y tener la liberta.
Somos invalorables y eternos.

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