domingo, 31 de marzo de 2013

Cartas al Viento: Yo paso

Por: Jesús Vega Mesa

Fue la pasada semana santa. Muy cerca de donde vivo estaba  un mocosillo de apenas 9 años. Espabilado y con cara de pillo. Mitad simpático y mitad malcriado. Cuando su padre le preguntó delante de mí si quería participar en el lavatorio de los pies del jueves santo, dijo con toda su alma. “Yo paaaaso” Y se quedó fresco como una lechuga. Y su padre le rió la gracia. Tú sabes, le dije, que a estos días le llamamos Pascua porque celebramos que Jesús  “pasò” de la muerte a la vida.  Y que los judíos celebran la Pascua recordando que “pasaron” el Mar Rojo,  y dieron el salto de ser un pueblo esclavo a ser un pueblo libre. Cuando tú dices que pasas,  tiene un sentido muy diferente. Quieres decir que no te importa lo más mínimo. Que no quieres “pasar” a ser distinto.   Imaginé que el niño no me comprendía y que el padre seguramente bastante menos. Uno y otro parecía que estaban “pasando un kilo” de mi explicación. Pero yo me había empeñado en no perder la oportunidad y seguí erre que erre poniendo ejemplos. Que en la vida muchas veces hay que hacer cosas que de entrada no nos gustan.  Que es bueno dejarse llevar no por lo que nos resulta cómodo sino por lo que tiene valor.  Que a casi nadie le gusta ir a la escuela o levantarse a las siete de la mañana a trabajar  pero vale la pena hacerlo y bla bla bla.
   Ayer me encontré de nuevo con el mocosillo y su padre. Nos intercambiamos una sonrisa y los encontré algo más simpáticos, pero sin excesos, que no están los tiempos para derroches. Fue el padre del mocoso quien esta vez inició la conversación.
-¿Sabe que usted conoce a una hija mía? Y me habló de Elva, nada parecido con su hermano ni con su padre. Claro que sí, que yo conocía a Elva que  es cien por cien educada, cien por cien simpática y cincuenta por ciento tímida. Ella ya me había contado los cambios que había dado en los últimos años. Porque al principio no era así. Todo el mundo, me contó, decía que  no tenía remedio.  Ahora no. Ahora es buena estudiante. Ahora pertenece al grupo que se reúne cada semana en la parroquia para hablar de temas relacionados con la vida y con la fe. Ahora escucha mucho y habla menos. Ahora se apunta a cualquier iniciativa que suponga hacer algo bueno por los demás. Pero igual que Elva  tengo en la mente otras muchas historias de personas que pasaron de ser esclavas a libres;  de estar en la muerte de la droga o el alcohol o el pasotismo  a resucitar a la vida del compromiso político o religioso o social. Entre ellos, mi buen  amigo Pepe que celebraba su cumpleaños no del día en el que nació sino del día  que había dejado la bebida y había pasado a ser una persona solidaria respetada y querida.
Yo seguía recordando con entusiasmo  todas estas cosas de Elva y de otras personas.  Y entonces el chiquillo medio malcriado me afirmó con una pequeña dosis de simpatía, un cincuenta por ciento más o menos,  que él “paaaasa”  pero que su hermana es como la Pascua porque antes era mala y ahora es buena. O sea que quiso aclararme que había entendido mi rollo de los días anteriores.
Después de conocer a Elva y a su hermano el mocoso,  pienso que el chiquillo, a pesar del padre,  también puede tener remedio. Y hasta un obispo, aunque él piense lo contrario. El que tenga oídos para oír, que oiga.

P.D. Según La Provincia del pasado miércoles, nuestro obispo dijo en la misa crismal que rezaran por él porque “a veces siento que no tengo remedio”. Yo creo que sí. Creo que él y yo y todos ustedes los lectores tenemos remedio. Por muy malos que seamos podemos pasar a ser mejores. Como  Elva, que eso es la Pascua. Del mocosillo sí que tengo mis dudas, pero también. Habrá que rezar por todos los mocosillos pasotas  y por los obispos que quieren ser mejores. Y por los otros también. De esto yo no paso.

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