domingo, 31 de marzo de 2013

Comodidad, aprendizaje y magia.

Por: Tomás Galván Montañez

La zona de confort es aquella en la que nos sentimos más cómodos –no porque sea bueno todo lo que sucede ahí, sino porque conocemos lo que acontece y, por tanto, es un punto en nuestro favor, pues sabemos reaccionar- congrega a muchos adeptos de la monotonía sustancial que viven permanentemente en ella sin afán de poner un pie fuera por temor a encontrarse con circunstancias nada convencionales o que rompen los esquemas previstos por nuestra cerrazón mental. No todos los que se aferran a esta comodidad de lo conocido experimentan pavor a los nuevos horizontes; hay otros, tan respetados como los demás, que están enamorados de su vida de circulo vicioso y no tienen intención alguna de siquiera asomarse. Carecen de curiosidad y están condenados a la repetición: la bronca con el jefe, el atasco de las siete de la mañana, la cola para pagar en el mercado. Les han enseñado a conformarse “de casa al trabajo y del trabajo a casa” y ahora pagan las consecuencias de tan dura lección. La creatividad del alma, la que sustenta e inspira, quedó en manos de otros. Es triste, pero es así.
Luego está la zona de aprendizaje, la que nos aporta conocimientos y donde conocemos lo que nos rodea además de darle sentido y ritmo a la vida. La monotonía se rompe, hace “¡crash!”. Aquí descubrimos desde quién fue Colón a apreciar la delicia que supone contemplar Las Meninas o La Gioconda. Los estudiantes, que empezamos desde bien pequeños a adentrarnos en este espacio de aprendizaje en el momento de ir al colegio, la hacemos pronto nuestra zona de confort, por lo que es recomendable buscar alternativas fuera de las paredes del centro para alimentar esa curiosidad que nos abraza. No ponernos límites en el aprendizaje es siempre un enriquecimiento que nos dota de actitudes y aptitudes para la vida. Recomendado por cualquier maestro de camino.
Y, finalmente, la zona de peligro o, como me gusta denominarla, zona mágica, de sensaciones. Aquí solo unos pocos se asoman y aún son menos los que se sumergen en ella. Huele a nuevo, a desconocido, a papel en blanco sobre el que bocetar un proyecto de presente y futuro. Quienes ni siquiera saben de ella dicen que es oscura, pero realmente no es así. Solemos temer lo que no comprendemos, pero con valentía y alma de exploradores cualquier rincón podrá ser conquistado por horrible que nos lo puedan pintar. Surgen en este espacio nuevos retos, objetivos, metas que ignorábamos; descubrimos matices que desconocíamos, se nos presenta un mundo que nos habían escondido quizá a posta.
Por eso me gusta ampliar mi zona de confort a través del aprendizaje y la aventura, de los sueños y la creatividad. Crecer no es otra cosa que observar, aprender, curiosear y ampliar. Siempre así. Las herramientas necesarias están en nosotros, solo hay que tener ganas de buscarlas y empezar a trazar el dibujo que anhelamos. De hecho, les confieso que hace un rato he dado un paso gigante a la zona mágica. Vértigo solo da al mirar con temor porque luego todo es cuestión de querer crecer. ¿Nos tiramos de la mano?

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